Pisando fuerte en La Griega

Pisando fuerte en La Griega

Cuesta creer que, donde hoy las tardes de verano pasan plácidas al sol, al amparo del faro de Llastres a la izquierda y costeando los acantilados de Güerres a la derecha para llegar a la idílica playa de La Isla, hace años, millones de años, tendríamos que haber compartido toalla con ciertos reptiles. Y no cualquier toalla, sino una toalla gigante, pues las icnitas o huellas del arenal colungués son las mayores conocidas en España y de las mayores halladas en todo el mundo, las mayores de su especie incluso. Tanto, como para meter ambos pies en uno de sus dedos y sentirte empequeñecer. El diámetro del pie de este gran saurópodo alcanza nada más y nada menos que los 130 centímetros, siendo la mayor del mundo de su género y la segunda mayor de todas las halladas hasta hoy de todas las especies.

Lo más atractivo para quien quiera obsevarlas de cerca es la facilidad de su acceso, pues se encuentran en las rocas del extremo oriental de la playa. Cuando se retira la pleamar o ha llovido, las huellas se convierten en grandes charcos. Lo abultado de los bordes se debe a que, en el momento de la pisada, el pie del reptil extruyó barro y se fosilizó enmarcando la huella, simultáneamente. Quizás nos cueste apreciarlas desde el suelo, de caliza gris, pero disponemos de un mirador de manera instalado al efecto para contemplarlas en su máximo esplendor, con paneles explicativos sobre su disposición. Hace 150 millones, esta roca conformaba el barro calcáreo de una laguna costera poblada por pequeños organismos invertebrados, como ostrácodos y gasterópodos, cuyos fósiles también perviven en la piedra, eclipsados por las evidencias dejadas por los grandes reptiles.

Estas huellas fueron tomadas en cuenta por primera vez en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando dos investigadores alemanes las catalogaron como pertenecientes a un ejemplar bípedo. Estudios posteriores las atribuyen a un gigantesco saurópodo.

No es el único ejemplar jurásico que gustaba de las aguas de La Griega para darse sus baños. Ocho huellas conforman un rastro de unos cinco metros de longitud. Dos de ellas pertenecen a las extremidades delanteras (con forma de media luna), las otras seis son ovaladas, y provienen de otro dinosaurio menor, de unos 140 centímetros de longitud de tronco. Más difíciles de atribuir a especies concretas son otras marcas tridáctilas que jalonan el roquedo.

Más cerca de la playa, y únicamente accesibles con bajamar, hallamos dos huellas en negativo o contramolde. Se sitúan en una laja suelta de arenisca roja, en la Formación Vega. Parece ser que pertenecieron a individuos diferentes, pues las percibimos en sentido contrario. Una de ellas, con forma de media luna, es de una mano. La otra, ovalada y con evidencias de dedos muy pequeños, a un pie.

La costa de los dinosaurios

La costa de los dinosaurios

Desde Gijón hasta Ribadesella, unos 60 kilómetros de litoral asturiano son conocidos como “Costa de los dinosaurios”. Esto se debe a los vestigios jurásicos que en sus lugares más recónditos, pero también en otros de fácil acceso, pueden observarse. Abundan en ella las huellas de dinosaurios y restos óseos de éstos y otros reptiles que poblaron la región en el Jurásico.

Existen hasta el momento nueve yacimientos localizados y catalogados por los científicos. Tres de ellos se ubican en el concejo de Villaviciosa (playa de Merón, puerto de Tazones y faro de Tazones); otros tres en Colunga (acantilados de Luces, acantilados de Llastres y playa de La Griega) y otros tres en Ribadesella (playa de Vega, acantilados de Tereñes y playa de Ribadesella).

En ellos puede pasearse a través de huellas de dinosaurio, tanto en positivo como en negativo, así como evidencias de otros moluscos prehistóricos que dejaron grabado su caparazón en la roca. Las lajas más pequeñas o desprendidas se han ido trasladando al cercano y relativamente reciente Museo del Jurásico de Asturias, sito en la rasa de San Telmo, sobre la colunguesa playa de La Griega.

Iremos poco a poco desentrañando cada uno de estos yacimientos (en la foto, acantilados de Tereñes) y el propio MUJA (Museo del Jurásico de Asturias). En todo caso, periódicamente afloran nuevas huellas tras temporales que arrancan parte de los acantilados. Una ruta de senderismo perfectamente señalizada recorre toda la costa. Se recomienda hacerla durante la bajamar.

La Asturias glaciar

La Asturias glaciar

Mucho menos afectada que el norte de Europa por las glaciaciones, las cumbres españolas presentan no obstante huellas geológicas imborrables de estos procesos. Se dan en los Pirineos, los sistemas centrales o Sierra Nevada. Y en Asturias, a lo largo de toda la Cordillera Cantábrica, con sus mejores ejemplos en los Lagos de Covadonga (Picos de Europa) y los de Saliencia (Somiedo).

Durante la glaciación del Pleistoceno, la Cordillera Cantábrica se cubrió de nieves perpetuas por encima de los 1.400 metros, lo que en Asturias suponía un manto blanco en toda su actual frontera oriente-sur.

Esta glaciación supuso la excavación de grandes cubetas lacustres debido a la acumulación de sedimentos procedentes del avance de las morrenas. Hoy en día, algunas de estas cubetas están permanentemente llenas, como los lagos Enol y Ercina (en la foto) en Covadonga. Sin embargo, otros, como el Bricial o tercer lago de Covadonga, sólo aparecen cuando las lluvias acumuladas o el agua procedente del deshielo es mayor de lo habitual (como en esta primavera de 2013).

En cuanto al efecto erosivo de las morrenas, éste tuvo mayor incidencia en los Picos de Europa que en los macizos centrales y occidentales de la Cordillera debido a la naturaleza kárstica del oriente astur. Estos pasillos pueden contemplarse en las laderas del mítico Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu.

Hace tres años (marzo de 2010), durante las excavaciones de los túneles del futuro trazado del AVE que unirá León y Asturias, se descubrieron vestigios de la glaciación africana, que alcanzó Europa hace 444 millones de años. Investigadores del CSIC le han atribuido a esta glaciación la formación de valles glaciares entre León y Asturias, en el corredor del Pajares.

Este descubrimiento supondría la primera evidencia científica de la extinción en masa (casi 400 millones antes que la de los dinosaurios) que azotó el antiguo macrocontinente de Gondwana y que hasta ahora no se sabía si había llegado o no a la actual Europa.

El descubrimiento de estos glaciares, que alcanzaban hasta 250 metros de longitud y 3 kilómetros de ancho, fue publicado por la prestigiosa revista “Geology”. Sin embargo, geólogos asturianos han cuestionado sus conclusiones, y aseguran que los depósitos no corresponden a las glaciaciones, sino que se trata de afloramientos volcánicos.